Felicidad: ¿Destino o Compañera de viaje?

Hoy quiero hablaros de Roberto. Puede que ése no sea su nombre. En realidad, cómo se llame es lo de menos. Roberto hace una labor grandiosa y probablemente lo ignore, de la misma manera que yo desconozco su nombre.

Seguramente Roberto padece la crisis como otros tantos españoles. Puede que llegue con dificultad a final de mes, o no. Puede que tenga que hacer trucos de magia para pagar el alquiler, o no. Su trabajo será precario y mal remunerado, o no. Tiene familiares desempleados preocupados ante la tardanza en conseguir un nuevo puesto de trabajo, o no. Roberto, en definitiva, se identificará como uno más entre la multitud, o no.

De las pocas cosas que sé de Roberto es que es voluntario de la Cruz Roja y vende lotería de esta organización en el hospital Gregorio Marañón de Madrid. Si entras por la puerta de consultas externas, será de las primeras personas que te encuentres. Sentado en su taburete, mostrando los décimos en su pequeño stand. Su sonrisa, de las de verdad, se te clavará en la mirada y tardarás en quitártela de la mente, lo mismo no podrás nunca. Lo siguiente que recibirás por parte de Roberto será un “buenos días”, pronunciado con su voz grave que te demuestra que te lo está deseando de verdad. Su voz se quedará también grabada en ti. Luego moverá sus manos mostrándote unos décimos e invitándote a comprar alguno.

Reconozco que la primera vez que pasé delante de él no adquirí ningún décimo. Me senté en una silla esperando mi turno para ser atendido, mientras observaba cómo Roberto daba los buenos días a todas las personas que entraban; despedía a todos los que salían; recordaba a las personas que ya le habían comprado un décimo; preguntaba a algunas mujeres que cómo volvían al hospital, si salieron el martes pasado. Mis ojos no tardaron en abrirse como platos ante la riqueza de Roberto. Me levanté y compré un décimo. El número me daba igual, mi objetivo era recibir la palabra de cariño de Roberto y su sincero deseo de “suerte”.

A lo largo de la mañana pasé delante de Roberto varias veces, pues la consulta a la que me dirigía estaba en edificios distintos, ninguna de esas veces dejó de hacer algún comentario al verme que me provocara una sonrisa o un símbolo de admiración interno ante él.

Roberto puede que reparta suerte, o puede que no. De lo que estoy seguro es que Roberto regala “FELICIDAD”. Un lugar tan poco agradable, para mí, como un hospital y que alguien sea capaz de dibujarme una sonrisa me parece algo complicado de conseguir, a no ser que se trate de alguien especial.

Desconozco las horas que Roberto pasa vendiendo lotería en la entrada del hospital de forma voluntaria, sí sé que él ha decidido pasarlas repartiendo alegría y haciendo a la gente sonreír. Lamentablemente, el médico que me atendió, no decidió lo mismo a la hora de realizar su trabajo. Pensé en pedirle que bajara conmigo a ver a Roberto.

Como dice Alex Rovira en su libro Las palabras que curan “…la felicidad no es un lugar al que llegar, es más bien una manera de andar.”  Un gran número de personas se marcan la felicidad como un destino. Un destino inalcanzable pues buscan que todo lo que les rodea les sea favorable y solo entonces alcanzarán su meta. Se convierten en perseguidores de felicidad. Otros, deciden vivir con la felicidad. La entienden como una manera de vivir. Disfrutan de los placeres que la vida les brinda y afrontan las dificultades para minimizarlas lo antes posible. Son felices vendiendo lotería, dando los buenos días, regalando abrazos, dibujando sonrisas, escuchando al que tienen frente a él, sirviendo a los que le rodean…

Mario Alonso Puig, define la felicidad como “el grado de satisfacción con la vida en general”. Te invito a hacerte la pregunta. En una escala del 1 al 10, siendo 1 poco satisfecho y 10 muy satisfecho ¿cómo de satisfecho estás con tu vida en general? ¿Estás por encima del 5? ¿Del 6? ¿Pasas del 8? Si la respuesta no te agrada del todo ¿qué nota quieres alcanzar? ¿Qué vas a empezar a hacer desde hoy para alcanzarla?

Roberto, probablemente, nunca será millonario. No le hace falta, porque ya lo es desde el momento que decidió vivir sembrando felicidad. La felicidad es contagiosa. Una persona feliz, logra transmitir esa felicidad al menos a 10 personas de los que le rodean. Roberto, supera ese número con creces.

Yo, por mi parte, perdí el décimo. Tampoco seré nunca millonario.

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