En el apego por la diferencia, venció la separación

“Sé sincero contigo mismo, y ello seguirá, como la noche al día, que no puedas ser falso con ningún hombre” (William Shakespeare)

Luces tus mejores vestimentas para interpretar los diferentes papeles que hoy te tocan. Dependiendo del escenario que pisas maquillas, veloz y a la perfección, un rostro silencioso, respetuoso con tu decisión de entregarte a lo que el exterior espera.

Momento frío, triste, el que decidiste participar en el juego de “qué es lo que los demás esperan de ti”. Reglas marcadas por el discurso paternal, a su vez recibido por ascendientes que vivieron épocas diferentes a la tuya. Sin embargo, tu creencia se mantiene alejada de ese tiempo en el que lo humano, tenía un mayor sentido. Nunca imaginaron que una conversación sin importancia, se mantuviera por tanto tiempo viva.  

Poco a poco fueron instruyéndote en el manejo de las armas (queja, lamento, culpa) que te permitirían enfrentarte al día a día.

A edad temprana, obtuviste el diploma de “Víctima”. Por fin, eras parte de algo. Sin saber, que en ese preciso momento dejabas de pertenecer-(te). Caro negocio el realizado.

Celebraste los triunfos de la tribu. Con ellos compartías bandera, himno, religión y usabas los mismos símbolos para no destacar del resto. Tu obsesión era ser igual que el resto. Convencido que “vuestra diferencia” era defenderos de aquellos que optaban por otros colores. Esos que actuaban desde el “mal”. Mientras que tú, y los tuyos, seguíais el manual de “lo que debe ser”. Curioso, los otros pensaban lo mismo.

Dejaste que en el apego por la diferencia venciera la separación. En tus manos tuviste la oportunidad de sentir el gozo de la aceptación.

Hoy, das vueltas, vueltas y más vueltas en un círculo insaciable buscando una puerta de salida. Desesperación, desánimo, tristeza. Vida entregada a un fin que no tiene final.

Precisamente aquello que te potenciaron, hoy es lo que te impide descubrir que realmente todo es un teatro y como tal, puedes cambiar el decorado, poner otras luces e interpretar otra vida.

Establecido en la prisa como única manera de no quedar atrás. Sientes que el cansancio se apodera de ti. Entonces, levantas la mano y decides apearte de lo que hasta la fecha era lo único conocido. Paras, te sientas y descubres que respiras. No todo está perdido. Con dolor, logras esbozar una mínima sonrisa que alumbra instantáneamente, una mirada con el tenue reflejo de una pequeña brasa de un corazón todavía latiendo.

Le abrazas, le mimas, le meces y aprendes que el verdadero poder no está en el control de lo externo, el verdadero poder está en el conocimiento interno. Hoy tus armas, son tus valores. Lo importante es lo que a ti te importa y la quietud es el mayor de los movimientos.

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